El problema no son los impuestos. Es el miedo a empezar.
- Leyla Marie Hazim Bahssa

- hace 20 horas
- 4 min de lectura
Después de una hora hablando sobre impuestos, sociedades, emprendimiento y regulación, la conversación acabó girando alrededor de algo completamente distinto.
No fue una conversación sobre Hacienda.
Tampoco fue una conversación sobre estructuras fiscales.
Ni siquiera sobre cómo optimizar impuestos.
Fue una conversación sobre por qué algunas personas construyen cosas mientras otras
pasan años pensando en hacerlo.
Y quizá esa sea una de las preguntas más interesantes del momento actual.
Porque nunca había sido tan fácil emprender.
Y, sin embargo, la mayoría de la gente sigue sin hacerlo.
Nunca hubo tantas herramientas. Nunca hubo tantas excusas.
Durante años, emprender implicaba enfrentarse a barreras reales.
Acceder a información era difícil.
Crear una empresa requería más capital.
Desarrollar tecnología exigía equipos especializados.
Lanzar un producto suponía meses de trabajo antes de recibir el primer feedback del mercado.
Muchas de esas barreras siguen existiendo, pero son considerablemente más pequeñas
que hace una década.
Hoy una persona puede diseñar una marca, crear una página web, generar contenido,
construir prototipos funcionales e incluso desarrollar productos digitales sin necesidad
de contar con un equipo completo detrás. Lo que antes exigía una empresa entera ahora puede hacerse desde un portátil.
Paradójicamente, eso no ha provocado una explosión masiva de emprendedores.
Al contrario.
Da la sensación de que las herramientas han avanzado mucho más rápido que la capacidad de las personas para actuar.
La información ya no es escasa.
La ejecución sigue siéndolo.
El mito de estar preparado
Existe una imagen bastante extendida del emprendedor.
Alguien que tiene una visión clara, un plan detallado y una comprensión profunda del mercado antes de empezar.
La realidad suele parecerse mucho menos a eso.
La mayoría de proyectos nacen en medio de la incertidumbre.
Sin datos suficientes.
Sin garantías.
Sin saber exactamente qué ocurrirá dentro de seis meses.
Lo interesante es que muchas personas interpretan esa incertidumbre como una señal de que todavía no están preparadas.
Esperan aprender un poco más.
Ahorrar un poco más.
Planificar un poco más.
Entender un poco mejor el mercado.
Pero la experiencia demuestra que casi ninguna de esas cosas elimina realmente la incertidumbre.
Simplemente la desplaza.
Porque el conocimiento más importante rara vez aparece antes de empezar.
Aparece después.
Aparece cuando hablas con clientes reales.
Cuando intentas vender.
Cuando lanzas algo que nadie compra.
Cuando descubres que el problema que creías resolver no era tan importante como pensabas.
O cuando compruebas que una idea aparentemente mediocre genera más interés del esperado.
Nada de eso puede aprenderse únicamente leyendo.
La diferencia entre los que construyen y los que observan
Hay una tendencia curiosa dentro del ecosistema startup.
Muchas veces se sobrevalora la calidad de las ideas y se infravalora la velocidad de ejecución.
Sin embargo, cuando analizas la trayectoria de la mayoría de empresas, descubres que las ideas iniciales rara vez sobreviven intactas.
Cambian.
Evolucionan.
Se adaptan.
Pivotan.
La ventaja no suele estar en haber encontrado la idea perfecta desde el principio.
La ventaja está en haber empezado antes el proceso de aprendizaje.
Mientras una persona sigue refinando una presentación, otra ya ha hablado con veinte
potenciales clientes.
Mientras una sigue comparando herramientas, otra ya ha lanzado una primera versión.
Mientras una sigue buscando certezas, otra está acumulando experiencia.
Y la experiencia tiene una característica que ninguna cantidad de contenido puede sustituir.
Genera criterio.
La comodidad también puede convertirse en un
problema
Cuando se habla de emprendimiento suele ponerse el foco en las dificultades.
La burocracia.
Los impuestos.
La financiación.
La regulación.
Todo eso influye.
Pero existe otro factor del que se habla mucho menos.
La comodidad.
La comodidad tiene una capacidad extraordinaria para retrasar decisiones.
Si la situación actual es suficientemente aceptable, siempre existe una razón para esperar un poco más.
Esperar a que el mercado mejore.
Esperar a tener más experiencia.
Esperar a ahorrar más dinero.
Esperar al momento adecuado.
El problema es que ese momento rara vez llega.
No porque sea imposible encontrar una oportunidad mejor, sino porque la claridad que buscamos suele ser una consecuencia de la acción, no un requisito previo para actuar.
Muchas de las personas que hoy parecen seguras de lo que hacen comenzaron exactamente igual que cualquier otra.
Con dudas.
Con miedo.
Con incertidumbre.
La diferencia es que avanzaron antes de resolverlas.
La inteligencia artificial ha cambiado las reglas, pero no la naturaleza humana
Uno de los temas que inevitablemente apareció durante la conversación fue la inteligencia artificial.
No tanto como amenaza, sino como herramienta.
La tecnología está reduciendo el coste de construir prácticamente cualquier cosa.
Permite trabajar más rápido.
Automatizar tareas.
Prototipar ideas.
Generar contenido.
Analizar información.
Aumentar la capacidad de una sola persona.
Pero también está dejando algo al descubierto.
Muchas de las barreras que considerábamos técnicas nunca fueron realmente técnicas.
Eran psicológicas.
Porque incluso cuando las herramientas se vuelven más accesibles, sigue existiendo la
necesidad de tomar decisiones.
De asumir riesgos.
De exponerse al rechazo.
De lanzar algo imperfecto.
Y ninguna inteligencia artificial puede hacer esa parte por nosotros.
El verdadero cuello de botella
Quizá por eso la conversación terminó tan lejos de los impuestos.
Porque los impuestos no suelen ser el primer problema de una empresa.
Tampoco lo son los contratos, la estructura societaria o la optimización fiscal.
Todos esos problemas aparecen después.
Mucho después.
El primer obstáculo suele ser mucho más simple.
Es la incapacidad de actuar cuando todavía no existen garantías.
Es la necesidad de sentir que todo está bajo control antes de empezar.
Es la creencia de que primero debemos eliminar el riesgo para luego movernos.
Cuando, en realidad, el proceso funciona justo al revés.
Primero te mueves.
Después aprendes.
Después desarrollas criterio.
Y solo entonces empiezas a entender realmente lo que estás construyendo.
Quizá por eso la pregunta más importante para alguien que quiere emprender no sea
qué estructura fiscal necesita, qué tecnología debería utilizar o cuál es la mejor
estrategia de crecimiento.
La pregunta más importante es mucho más incómoda.
¿Cuánto tiempo más vas a esperar antes de descubrir si tu idea funciona de verdad?
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